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La Biblia y Los Evangelios

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    00 2/8/2006 6:08 AM
    Introducción a la Biblia

    Cómo se escribió la Biblia

    En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: "La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres" (DV 13).

    Dios es el autor de la Sagrada Escritura. "Las verdades reveladas por Dios, que están contenidas y se manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo." Él ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados.

    La Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué escritos constituyen la lista de los Libros Santos. Esta lista integral es llamada "Canon de las Escrituras". Canon viene de la palabra griega "kanon" que significa "medida, regla".

    El Canon comprende para el Antiguo Testamento 46 escritos, y 27 para el Nuevo. Estos son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Ruth, los dos libros de Samuel, los dos libros de los Reyes, los dos libros de las Crónicas, Esdras y Nehemías, Tobías, Judit, Ester, los dos libros de los Macabeos, Job, los Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías, las Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías, para el Antiguo Testamento.
    Para el Nuevo Testamento, los Evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas de Pablo a los Romanos, la primera y segunda a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, la primera y segunda a los Tesalonicenses, la primera y segunda a Timoteo, a Tito, a Filemón, la Epístola a los Hebreos, la Epístola de Santiago, la primera y segunda de Pedro, las tres Epístolas de Juan, la Epístola de Judas y el Apocalipsis.

    ANTIGUO TESTAMENTO.

    Los judíos consideraban que existían dos cánones de los Libros Santos: el Canon Breve (palestinense) y el Canon Largo (alejandrino).

    El Antiguo Testamento en hebreo (Canon Breve) está formado por 39 libros y se divide en tres partes: " La Ley", "Los Profetas" y "Los Escritos".

    El Antiguo Testamento en griego (Canon Largo) está formado por 46 libros. La versión griega de la Biblia, conocida como de los Setenta, cuenta con 7 libros más: Tobías, Judith, Baruc, Eclesiástico, I y II de Macabeos y Sabiduría.

    Además, algunas secciones griegas de Ester y Daniel. Estos libros son conocidos frecuentemente, aunque la expresión no sea necesariamente la más adecuada, como "deutero-canónicos".

    Los judíos en Alejandría tenían un concepto más amplio de la inspiración bíblica. Estaban convencidos de que Dios no dejaba de comunicarse con su pueblo aún fuera de la Tierra Santa, y de que lo hacía iluminando a sus hijos en las nuevas circunstancias en que se encontraban.

    Los Apóstoles, al llevar el Evangelio al Imperio Grecorromano, utilizaron el Canon Alejandrino. Así, la Iglesia primitiva recibió este canon que consta de 46 libros.

    En el siglo III comenzaron las dudas sobre la inclusión de los así llamados "deuterocanónicos". La causa fueron las discusiones con los judíos, en las cuales los cristianos sólo utilizaban los libros proto-canónicos. Algunos Padres de la Iglesia hacen notar estas dudas en sus escritos —por ejemplo Atanasio (373), Cirilo de Jerusalén (386), Gregorio Nacianceno (389)—, mientras otros mantuvieron como inspirados también los deuterocanónicos —por ejemplo Basilio ( 379), Agustín (430), León Magno (461)—.

    A partir del año 393 diferentes concilios, primero regionales y luego ecuménicos, fueron precisando la lista de los Libros "canónicos" para la Iglesia. Estos fueron:
    * Concilio de Hipona (393)
    * Concilio de Cartago (397 y 419)
    * Concilio Florentino (1441)
    * Concilio de Trento (1546)

    En este último, solemnemente reunido el 8 de abril de 1546, se definió dogmáticamente el canon de los Libros Sagrados.

    Los protestantes sólo admiten como libros sagrados los 39 libros del canon hebreo. El primero que negó la canonicidad de los siete deuterocanónicos fue Carlostadio (1520), seguido de Lutero (1534) y luego Calvino (1540).

    NUEVO TESTAMENTO

    El Nuevo Testamento está formado por 27 libros, y se divide en cuatro partes: "Evangelios", "Hechos de los Apóstoles", "Epístolas" y "Apocalipsis".

    En los orígenes de la Iglesia, la regla de fe se encontraba en la enseñanza oral de los Apóstoles y de los primeros evangelizadores.

    Pasado el tiempo, se sintió la urgencia de consignar por escrito las enseñanzas de Jesús y los rasgos sobresalientes de su vida. Este fue el origen de los Evangelios.

    Por otra parte, los Apóstoles alimentaban espiritualmente a sus fieles mediante cartas, según los problemas que iban surgiendo. Este fue el origen de las Epístolas.

    Además circulaban entre los cristianos del siglo primero dos obras más de personajes importantes: "Los Hechos de los Apóstoles" escrita por Lucas, y el "Apocalipsis", salido de la escuela de San Juan.

    A fines del siglo I y principios del II, el número de libros de la colección variaba de una Iglesia a otra.

    A mediados del siglo II, las corrientes heréticas de Marción (que afirmaba que únicamente el Evangelio de Lucas y las 10 Epístolas de Pablo tenían origen divino), y de Montano (que pretendía introducir como libros santos sus propios escritos), urgieron la determinación del Canon del Nuevo Testamento.

    Hacia fines del siglo II, la colección del Nuevo Testamento era casi la misma en las Iglesias de Oriente y Occidente.

    En los tiempos de Agustín, los Concilios de Hipona (393) y de Cartago (397 y 419) reconocieron el Canon de 27 libros, así como el Concilio de Trullo (Constantinopla, 692) y el Concilio Florentino (1441).

    Al llegar el protestantismo, éste quiso renovar antiguas dudas y excluyó algunos libros. Lutero rechazaba Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis. Carlostadio y Calvino aceptaron los 27. Los protestantes liberales no suelen hablar de "libros inspirados", sino de "literatura cristiana primitiva".

    En el Concilio de Trento (1546), se presentó oficial y dogmáticamente la lista íntegra del Nuevo Testamento.

    El criterio objetivo y último para la aceptación del Canon del Nuevo Testamento será siempre la revelación hecha por el Espíritu Santo y transmitida fielmente por ella.

    En cuanto a criterios secundarios que se tuvieron en cuenta, fueron los siguientes:
    1.- Su origen apostólico (o de la generación apostólica).
    2.- Su ortodoxia en la doctrina.
    3.- Su uso litúrgico antiguo y generalizado.
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    00 2/8/2006 6:10 AM
    Los idiomas de la Biblia

    Tres son las lenguas originales de la Biblia: HEBREO, ARAMEO Y GRIEGO.

    En HEBREO se escribió:
    - la mayor parte del Antiguo Testamento.

    En ARAMEO se escribieron:
    - Tobías
    - Judit
    - fragmentos de Esdras, Daniel, Jeremías y del Génesis
    - el original de San Mateo

    En GRIEGO se escribió:
    - el libro de la Sabiduría
    - el II de Macabeos
    - el Eclesiástico
    - partes de los libros de Ester y de Daniel
    - el Nuevo Testamento, excepto el original de San Mateo
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    00 2/8/2006 6:13 AM
    Introducción a la Biblia

    Panorama Histórico - Literario de la Biblia

    El siguiente es un esquema de las etapas de la historia de Israel, el Pueblo Elegido, los principales eventos y fechas, y su correspondencia con los libros del Antiguo Testamento.

    ETAPA EVENTOS LIBROS BÍBLICOS
    PROTO HISTORIA Preámbulo histórico GÉNESIS 1-11
    PERIODO PATRIARCAL 1850: Abraham baja a Canaán.
    1700: Jacob y sus hijos en Egipto.
    Su opresión 1850-1250 a.C.

    GÉNESIS 12-50
    PERIODO DE ÉXODO 1250: Moisés saca al pueblo de Egipto, hacia Canaán. Alianza en Sinaí, marcha por el desierto. 1250-1200 a.C. ÉXODO, LEVÍTICO, NÚMEROS, DEUTERONOMIO.
    PERIODO DE LA CONQUISTA Guerras cananeas. 1050 a.C. JOSUÉ, JUECES
    PERIODO DE LA MONARQUÍA UNIDA 1040-1010 a.C.: Saúl Rey
    1010-970 a.C.: David Rey
    970-930 a.C.: Salomón Rey, periodo dorado.
    930 a.C.: División del Reino: Norte (Israel) / Sur (Judá).
    SAMUEL 1 y 2
    REYES 1 y 2
    CRÓNICAS 1 y 2
    PERIODO DE LOS DOS REINOS Reino del Norte: 930-721 a.C.
    Dinastía de Omri (885-841).
    Dinastía de Jehú (841-735).
    Periodo de máximo esplendor. Influjo idolátrico cananeo.
    Siglo VIII: expansión Siria
    721: Caída de Samaria. Fin.

    Reino del Sur: 930-587 a.C.
    750: Ajaz (guerra sirio-efrainita).
    725-640: Ezequías (bueno) - Manasés (malo).
    Siglo VII: Decadencia Asiria. Reforma de Josías.
    Siglo VI: expansión caldea.
    587: Caída de Jerusalén. Fin.
    SAMUEL 1 y 2
    REYES, CRÓNICAS
    AMOS-OSEAS
    ISAÍAS 1-39
    MIQUEAS
    NAHÚM
    SOFONÍAS
    HABACUC
    JEREMÍAS, BARUC
    LAMENTACIONES
    PERIODO DEL EXILIO En Babilonia, 587-538 a.C. EZEQUIEL
    ISAÍAS 40-55
    ABDÍAS
    PERIODO DE LA RESTAURACION Siglo VI: Expansión persa. Edicto de Ciro.
    (538 a.C.) vuelta del destierro; restauración del Templo.
    Nace el judaísmo.
    Se desarrolla la escuela sapiencial y la recolección de los escritos antiguos.
    538-331 a.C. CRÓNICAS 1 y 2
    ESDRAS, NEHEMÍAS
    AGEO, ZACARÍAS
    MALAQUÍAS,
    JOEL, IS. 56-66
    ESCRITOS SAPIENCIALES
    PROVERBIOS, JOB, ECLESIASTÉS,
    RUTH, JONÁS.
    PERIODO HELENÍSTICO Y ROMANO Lucha por la sucesión de Alejandro. Crece la "diáspora"
    Siglo II: Dominio de los Seléucidas
    Persecución de Antíoco IV. Los Macabeos
    63 a.C.-70 d.C. Dominio Romano. TOBÍAS, ESTER
    JUDIT
    ECLESIÁSTICO
    CANTAR, DANIEL
    MACABEOS
    SABIDURÍA

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    00 2/8/2006 6:24 AM
    Biblia y Revelación

    Una síntesis de la relación entre la Biblia y la Tradición Divina en preguntas y respuestas

    ¿Qué es la Revelación?

    La revelación es la manifestación que Dios ha hecho a los hombres de Sí mismo y de aquellas otras verdades necesarias o convenientes para la salvación eterna.

    ¿Dónde se encuentra la Revelación?

    La Revelación -también llamada Doctrina cristiana o Depósito de la fe- se encuentra en la Sagrada Escritura y en la Tradición.

    ¿A quién fue confiada la Revelación?

    Jesucristo confió la Revelación a la Iglesia Católica. Por medio de sus Apóstoles, por tanto, sólo la Iglesia tiene autoridad para custodiarla, enseñarla e interpretarla sin error.

    ¿Qué es la Sagrada Escritura?

    La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. Al conjunto de los libros inspirados lo llamamos Biblia.

    ¿Qué es la Tradición?

    La Tradición es la Palabra de Dios no contenida en la Biblia, sino transmitida por Jesucristo a los Apóstoles y por éstos a la Iglesia.

    Las enseñanzas de la Tradición están contenidas en los Símbolos o Profesiones de la fe (por ejemplo, el Credo), en los documentos de los Concilios, en los escritos de los Santos Padres de la Iglesia y en los ritos de la Sagrada Liturgia.

    ¿Quién es el Autor de la Biblia?

    El Autor principal de la Biblia es Dios. El autor secundario o instrumental de la Biblia es el escritor sagrado o hagiógrafo. Por ejemplo, Moisés, el profeta Isaías, San Mateo, San Pablo, etc.

    ¿Qué es la Inspiración bíblica?

    La inspiración bíblica es una gracia específica que concede el Espíritu Santo, por la cual el escritor sagrado es movido a poner por escrito las cosas que Dios quiere comunicar a los demás hombres.

    ¿Cuáles son las propiedades de la Biblia?

    Las propiedades de la Biblia son:

    - La Unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y entre todas las partes de todos los libros.

    - La Inerrancia (no contiene errores en lo que atañe a nuestra salvación) y la Veracidad (contiene las verdades necesarias para nuestra salvación).

    - La Santidad (procede de Dios, enseña una doctrina santa y nos conduce a la santidad).

    ¿Cómo se divide la Biblia?

    La Biblia se divide en dos partes: Antiguo y Nuevo Testamento. A su vez los libros del Antiguo y Nuevo Testamento se dividen en: libros históricos, didácticos y proféticos. Y cada libro se divide en capítulos y versículos.

    ¿Qué contiene el Antiguo Testamento?

    El Antiguo Testamento contiene los libros inspirados escritos antes de la venida de Jesucristo. Son 46. Los libros históricos del Antiguo Testamento son 21: Génesis, Exodo, Levítico, Números, Deuteronomio (que forman el Pentateuco), Josué, Jueces, Ruth, I y II Crónicas o Paralipómenos, I y II Esdras (el 2º llamado también Nehemías), Tobías, Judit, Esther, I y II Macabeos.

    Los libros didácticos del Antiguo Testamento son 7: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría y Eclesiástico.

    Los libros proféticos del Antiguo Testamento son 18: Los cuatro Profetas Mayores: Isaías, Jeremías (con Lamentaciones y Baruc), Ezequiel, Daniel, y los doce Profetas Menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.

    ¿Qué contiene el Nuevo Testamento?

    El Nuevo Testamento contiene los libros inspirados escritos después de la venida de Jesucristo. Son 27. Los libros históricos del Nuevo Testamento son 5: Los cuatro Evangelios (según San Mateo, San Marcos, San Lucas, San Juan) y los Hechos de los Apóstoles.

    Los libros didácticos del Nuevo Testamento son 21: Las 14 Epístolas o Cartas de San Pablo: Romanos, I y II Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, I y II Tesalonicenses, I y II Timoteo, Tito, Filemón y Hebreos.

    Las 7 epístolas o Cartas llamadas católicas son: I y II de San Pedro: I, II y III de San Juan, la de Santiago y la de San Judas.

    El único libro profético del Nuevo Testamento es el Apocalipsis de San Juan.

    ¿Qué es el Canon bíblico?

    El Canon bíblico es el catálogo de los setenta y tres libros del Antiguo y del Nuevo Testamentos que forman la Biblia y que la Iglesia ha declarado como divinamente inspirados.

    ¿En qué período se escribió la Biblia?

    Los libros del Antiguo Testamento fueron escritos entre el siglo XV y el siglo II antes de Cristo.

    Los libros del Nuevo testamento fueron escritos en la segunda mitad del siglo I. Los Libros Sagrados se escribieron al principio en papiro y más tarde en pergamino. El papiro es una planta que abunda en Egipto, el pergamino es una piel de cabrito que permite escribir por las dos caras.

    Originalmente la Biblia estaba en rollos, es decir, largas fajas de papiro o de piel unidas en los extremos a dos bastones en torno a uno de los cuales giraba.

    ¿Qué es la Hermenéutica bíblica?

    La Hermenéutica bíblica es la ciencia que trata de las normas para interpretar rectamente los Libros Sagrados. La Iglesia Católica es la única capacitada para interpretar auténticamente (con pleno derecho y sin posibilidad de equivocarse) la Sagrada Escritura porque Dios le confió solamente a Ella la misión de guardar, enseñar y aclarar a los fieles su Palabra.

    ¿Qué otras Biblias existen?

    Además de la Biblia católica, que es la única completa y verdadera, existen la Biblia Hebrea y las Biblias protestantes. La Biblia Hebrea sólo contiene treinta y nueve libros del Antiguo Testamento. Por tanto, rechazan siete libros del Antiguo Testamento y todos los del Nuevo Testamento que forman la Biblia católica. Los protestantes, por su parte, admiten solamente el "libre examen" es decir, que cada uno ha de leer e interpretar la Biblia a su manera, sin necesidad de someterse a la autoridad de la Iglesia. A las Biblias protestantes les suprimieron algunos libros que están en la Biblia católica; además en los libros que conservan, modifican algunas palabras para apoyar sus ideas erróneas. Además, carecen de notas y comentarios, no tienen aprobación de la autoridad de la Iglesia; muchas son editadas por las "Sociedades Bíblicas", algunas dicen: "Versión del original llevado a cabo por Cipriano de Valera y C. Reyna"; la mayoría de ellas suprime varios libros del Antiguo Testamento (Sabiduría, Judit, Tobías, Eclesiástico, I y II Macabeos, entre otros) y algunas también suprimen libros del Nuevo (Epístolas de Santiago, de San Pedro y de San Juan)

    ¿Puede leerse cualquier Biblia?

    No. Porque puede contener errores doctrinales o morales. Para evitar esos errores, un católico sólo debe leer Biblias con notas y explicaciones aprobadas por la Iglesia Católica, es decir, que tengan "Nihil Obstat" e "Imprimatur".

    ¿Cómo leer la Biblia?

    La Iglesia recomienda la lectura de la Biblia porque es alimento constante para la vida del alma; produce frutos de santidad, es fuente de oración, gran ayuda para la enseñanza de la doctrina cristiana y para la predicación. El Concilio Vaticano II "exhorta a todos los fieles con insistencia a que, por la frecuente lectura de las Escrituras, aprendan la ciencia eminente de Cristo" (Constitución Dei Verbum, n. 25). Las disposiciones que se deben tener para leer y estudiar la Biblia son: fe y amor a la Palabra de Dios, intención recta, piedad y humildad para aceptar lo que Dios dice. Es recomendable leer los Evangelios diariamente durante unos cuantos minutos. San Jerónimo dice "Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; es más, nunca abandones la lectura sagrada". A la luz de las enseñanzas de la Iglesia, la Biblia nos permite conocer el modo de salvanos y reconciliarnos, y eso sólo puede lograrse conociendo, amando y encarnando la vida de Jesucristo.

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    00 2/8/2006 6:26 AM
    Introducción a la Biblia

    Los Libros de la Biblia

    Libros del Antiguo Testamento (46 Libros)

    PENTATEUCO (5)
    - Génesis
    - Exodo
    - Levítico
    - Números
    - Deuteronomio

    HISTÓRICOS (16)

    - Josué
    - Jueces
    - Ruth
    - I Samuel
    - II Samuel
    - I Reyes
    - II Reyes
    - I Paralipómenos o Crónicas
    - II Paralipómenos o Crónicas
    - Esdras
    - Nehemías
    - Tobías
    - Judit
    - Ester
    - I Macabeos
    - II Macabeos

    POÉTICOS Y SAPIENCIALES (7)

    - Job
    - Salmos
    - Proverbios
    - Eclesiastés
    - El Cantar de los Cantares
    - Sabiduría
    - Eclesiástico

    PROFETAS MAYORES (6)

    - Isaías
    - Jeremías
    - Lamentaciones de Jeremías
    - Baruc
    - Ezequiel
    - Daniel

    PROFETAS MENORES (12)

    - Oseas
    - Joel
    - Amós
    - Abdías
    - Jonás
    - Miqueas
    - Nahúm
    - Habacuc
    - Sofonías
    - Ageo
    - Zacarías
    - Malaquías

    Libros del Nuevo Testamento ( 27 Libros )

    LOS EVANGELIOS (4)

    - Evangelio según San Mateo
    - Evangelio según San Marcos
    - Evangelio según San Lucas
    - Evangelio según San Juan

    - Hechos de los Apóstoles

    CARTAS DE SAN PABLO (13)

    - A los Romanos
    - I a los Corintios
    - II a los Corintios
    - A los Gálatas
    - A los Efesios
    - A los Filipenses
    - A los Colosenses
    - I a los Tesalonicenses
    - II a los Tesalonicenses
    - I a Timoteo
    - II a Timoteo
    - A Tito
    - A Filemón

    - Carta a los Hebreos

    CARTAS CATÓLICAS

    - Epístola de Santiago
    - Epístola I de San Pedro
    - Epístola II de San Pedro
    - Epístola I de San Juan
    - Epístola II de San Juan
    - Epístola III de San Juan
    - Epístola de San Judas

    - Apocalipsis
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    00 2/8/2006 6:29 AM
    Introducción a los Santos Evangelios

    La Iglesia Católica reconoce dos fuentes de doctrina revelada: la Biblia y la Tradición. Al presentar aquí en parte una de esas fuentes, hemos procurado, en efecto, que el comentario no sólo ponga cada pasaje en relación con la Biblia misma —mostrando que ella es un mundo de armonía sobrenatural entre sus más diversas partes—, sino también brinde al lector, junto a la cosecha de autorizados estudiosos modernos, el contenido de esa tradición en documentos pontificios, sentencias y opiniones tomadas de la Patrística e ilustraciones de la Liturgia, que muestran la aplicación y trascendencia que en ella han tenido y tienen muchos textos de la Revelación.

    El grande y casi diría insospechado interés que esto despierta en las almas, está explicado en las palabras con que el Cardenal Arzobispo de Viena prologa una edición de los Salmos semejante a ésta en sus propósitos, señalando "en los círculos del laicado, y aun entre los jóvenes, un deseo de conocer la fe en su fuente y de vivir de la fuerza de esta fuente por el contacto directo con ella". Por eso, añade, "se ha creado un interés vital por la Sagrada Escritura, ante todo por el Nuevo Testamento, pero también por el Antiguo, y el movimiento bíblico católico se ha hecho como un río incontenible".

    Es que, como ha dicho Pío XII, Dios no es una verdad que haya de encerrarse en el templo, sino la verdad que debe iluminarnos y servirnos de guía en todas las circunstancias de la vida. No ciertamente para ponerlo al servicio de lo material y terreno, como si Cristo fuese un pensador a la manera de los otros, venido para ocuparse de cosas temporales o dar normas de prosperidad mundana, sino, precisamente al revés, para no perder de vista lo sobrenatural en medio de "este siglo malo" (Gál., 1, 4); lo cual no le impide por cierto al Padre dar por añadidura cuantas prosperidades nos convengan, sea en el orden individual o en el colectivo, a los que antes que eso busquen vida eterna.

    Un escritor francés refiere en forma impresionante la lucha que en su infancia conmovía su espíritu cada vez que veía el libro titulado Santa Biblia y recordaba las prevenciones que se le habían hecho acerca de la lectura de ese libro, ora por difícil e impenetrable, ora por peligroso o heterodoxo. "Yo recuerdo, dice, ese drama espiritual contradictorio de quien, al ver una cosa santa, siente que debe buscarla, y por otra parte abriga un temor indefinido y misterioso de algún mal espíritu escondido allí... Era para mí como si ese libro hubiera sido escrito a un tiempo por el diablo y por Dios. Y aunque esa impresión infantil —que veo es general en casos como el mío— se producía en la subconsciencia, ha sido tan intensa mi desolante duda, que sólo en la madurez de mi vida un largo contacto con la Palabra de Dios ha podido destruir este monstruoso escándalo que produce el sembrar en la niñez el miedo de nuestro Padre celestial y de su Palabra vivificante".

    La meditación, sin palabras de Dios que le den sustancia sobrenatural, se convierte en simple reflexión —autocrítica en que el juez es tan falible como el reo— cuando no termina por derivarse al terreno de la imaginación, cayendo en pura cavilación o devaneo. María guardaba las Palabras repasándolas en su corazón (Lc., 2, 19 y 51): he aquí la mejor definición de lo que es meditar. Y entonces, lejos de ser una divagación propia, es un estudio, una noción, una contemplación que nos une a Dios por su Palabra, que es el Verbo, que es Jesús mismo, la Sabiduría con la cual nos vienen todos los bienes (Sab., 7, 11).

    Quien esto hace, pasa con la Biblia las horas más felices e intensas de su vida. Entonces entiende cómo puede hablarse de meditar día y noche (Salmo, 1, 2) y de orar siempre (Lc., 18, 1), sin cesar (1 Tes., 5, 17); porque en cuanto él permanece en la Palabra, las palabras de Dios comienzan a permanecer en él —que es lo que Jesús quiere para darnos cuanto le pidamos (Juan, 15, 7) y para que conquistemos la libertad del espíritu (Juan, 8, 31)— y no permanecer de cualquier modo, sino con opulencia, según la bella expresión de San Pablo (Col. , 3, 16). Así van esas palabras vivientes (I Pedro, 1, 23, texto griego) formando el substrato de nuestra personalidad, de modo tal que, a fuerza de admirarlas cada día más, concluimos por no saber pensar sin ellas y encontramos harto pobres las verdades relativas —si es que no son mentiras humanas que se disfrazan de verdad y virtud, como los sepulcros blanqueados (Mt., 23, 27)-. Entonces, así como hay una aristocracia del pensamiento y del arte en el hombre de formación clásica, habituado a lo superior en lo intelectual o estético, así también en lo espiritual se forma el gusto de lo auténticamente sobrenatural y divino, como lo muestra Santa Teresa de Lisieux al confesar que cuando descubrió el Evangelio, los demás libros ya no le decían nada. ¿No es éste, acaso, uno de los privilegios que promete Jesús en el texto antes citado, diciendo que la verdad nos hará libres? Se ha recordado recientemente la frase del Cardenal Mercier, antes lector insaciable: "No soporto otra lectura que los Evangelios y las Epístolas".

    Y aquí, para entrar de lleno a comprender la importancia de conocer el Nuevo Testamento, tenemos que empezar por hacernos a nosotros mismos una confesión muy íntima: a todos nos parece raro Jesús. Nunca hemos llegado a confesarnos esto, porque, por un cierto temor instintivo, no nos hemos atrevido siquiera a plantearnos semejante cuestión. Pero Él mismo nos anima a hacerlo cuando dice: "Dichoso el que no se escandalizare de Mí" (Mt., 11, 6; Lc., 7, 23), con lo cual se anticipa a declarar que, habiendo sido Él anunciado como piedra de escándalo (Is., 8, 14 y 28, 16; Rom. 9, 33; Mt., 21, 42-44), lo natural en nosotros, hombres caídos, es escandalizarnos de Él como lo hicieron sus discípulos todos, según Él lo había anunciado (Mt., 26, 31 y 56). Entrados, pues, en este cómodo terreno de íntima desnudez —podríamos decir de psicoanálisis sobrenatural— en la presencia "del Padre que ve en lo secreto" (Mt. 6, 6), podemos aclararnos a nosotros mismos ese punto tan importante para nuestro interés, con la alegría nueva de saber que Jesús no se sorprende ni se incomoda de que lo encontremos raro, pues Él sabe bien lo que hay dentro de cada hombre (Juan, 2, 24-25). Lo sorprendente sería que no lo hallásemos raro, y podemos afirmar que nadie se libra de comenzar por esa impresión, pues, como antes decíamos, San Pablo nos revela que ningún hombre simplemente natural ("psíquico", dice él) percibe las cosas que son del Espíritu de Dios (I Cor., 2, 14). Para esto es necesario "nacer de nuevo", es decir, "renacer de lo alto", y tal es la obra que hace en nosotros —no en los más sabios sino al contrario en los más pequeños (Lc., 10, 21)— el Espíritu, mediante el cual podemos "escrutar hasta las profundidades de Dios" (I Cor., 2, 10).

    Jesús nos parece raro y paradójico en muchísimos pasajes del Evangelio, empezando por el que acabamos de citar sobre la comprensión que tienen los pequeños más que los sabios. Él dice también que la parte de Marta, que se movía mucho, vale menos que la de María que estaba sentada escuchándolo; que ama menos aquel a quien menos hay que perdonarle (Lc., 7, 47); que (quizá por esto) al obrero de la última hora se le pagó antes que al de la primera (Mt., 20, 8); y, en fin, para no ser prolijo, recordemos que Él proclama de un modo general que lo que es altamente estimado entre los hombres es despreciable a los ojos de Dios (Lc., 16, 15).

    Esta impresión nuestra sobre Jesús es harto explicable. No porque Él sea raro en sí, sino porque lo somos nosotros a causa de nuestra naturaleza degenerada por la caída original. Él pertenece a una normalidad, a una realidad absoluta, que es la única normal, pero que a nosotros nos parece todo lo contrario porque, como vimos en el recordado texto de San Pablo, no podemos comprenderlo naturalmente. "Yo soy de arriba y vosotros sois de abajo", dice el mismo Jesús (Juan, 8, 23), y nos pasa lo que a los nictálopes que, como el murciélago, ven en la oscuridad y se ciegan en la luz.

    Hecha así esta palmaria confesión, todo se aclara y facilita. Porque entonces reconocemos sin esfuerzo que el conocimiento que teníamos de Jesús no era vivido, propio, íntimo, sino de oídas y a través de libros o definiciones más o menos generales y sintéticas, más o menos ersatz; no era ese conocimiento personal que sólo resulta de una relación directa. Y es evidente que nadie se enamora ni cobra amistad o afecto a otro por lo que le digan de él, sino cuando lo ha tratado personalmente, es decir, cuando lo ha oído hablar. El mismo Evangelio se encarga de hacernos notar esto en forma llamativa en el episodio de la Samaritana. Cuando la mujer, iluminada por Jesús, fue a contar que había hallado a un hombre extraordinario, los de aquel pueblo acudieron a escuchar a Jesús y le rogaron que se quedase con ellos. Y una vez que hubieron oído sus palabras durante dos días, ellos dijeron a la mujer: "Ya no creemos a causa de tus palabras: nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo" (Juan, 4, 42).

    ¿Podría expresarse con mayor elocuencia que lo hace aquí el mismo Libro divino, lo que significa escuchar las Palabras de Jesús para darnos el conocimiento directo de su adorable Persona y descubrirnos ese sello de verdad inconfundible (Juan, 3, 19; 17, 17) que arrebata a todo el que lo escucha sin hipocresía, como Él mismo lo dice en Juan, 7, 17?

    El que así empiece a estudiar a Jesús en el Evangelio, dejará cada vez más de encontrarlo raro. Entonces experimentará, no sin sorpresa grande y creciente, lo que es creer en Él con fe viva, como aquellos samaritanos. Entonces querrá conocerlo más y mejor y buscará los demás Libros del Nuevo Testamento y los Salmos y los Profetas y la Biblia entera, para ver cómo en toda ella el Espíritu Santo nos lleva y nos hace admirar a Jesucristo como Maestro y Salvador, enviado del Padre y Centro de las divinas Escrituras, en Quien habrán de unirse todos los misterios revelados (Juan 12, 32) y todo lo creado en el cielo y en la tierra (Ef., 1, 10). Es, como vemos, cuestión de hacer un descubrimiento propio. Un fenómeno de experiencia y de admiración. Todos cuantos han hecho ese descubrimiento, como dice Dom Galliard, declaran que tal fue el más dichoso y grande de sus pasos en la vida. Dichosos también los que podamos, como la Samaritana, contribuir por el favor de Dios a que nuestros hermanos reciban tan incomparable bien.

    El amor lee entre líneas. Imaginemos que un extraño vio en una carta ajena este párrafo: "Cuida tu salud, porque si no, voy a castigarte". El extraño puso los ojos en la idea de este castigo y halló dura la carta. Mas vino luego el destinatario de ella, que era el hijo a quien su padre le escribía, y al leer esa amenaza de castigarle si no se cuidaba, se puso a llorar de ternura viendo que el alma de aquella carta no era la amenaza sino el amor siempre despierto que le tenía su padre, pues si le hubiera sido indiferente no tendría ese deseo apasionado de que estuviera bien de salud.

    Nuestras notas y comentarios, después de dar la exégesis necesaria para la inteligencia de los pasajes en el cuadro general de la Escritura —como hizo Felipe con el ministro de la reina pagana (Hech., 8, 30 s. y nota)— se proponen ayudar a que descubramos (usando la visión de aquel hijo que se sabe amado y no la desconfianza del extraño) los esplendores del espíritu que a veces están como tesoros escondidos en la letra. San Pablo, el más completo ejemplar en esa tarea apostólica, decía, confiando en el fruto, estas palabras que todo apóstol ha de hacer suyas: "Tal confianza para con Dios la tenemos en Cristo; no porque seamos capaces por nosotros mismos... sino que nuestra capacidad viene de Dios..., pues la letra mata, mas el espíritu da vida" (II Cor., 3, 4-6).

    La bondad del divino Padre nos ha mostrado por experiencia a muchas almas que así se han acercado a Él mediante la miel escondida en su Palabra y que, adquiriendo la inteligencia de la Biblia, han gustado el sabor de la Sabiduría que es Jesús (Sab., 7, 26; Prov., 8, 22; Ecli., 1, 1), y hallan cada día tesoros de paz, de felicidad y de consuelo en este monumento —el único eterno (Salmo 118, 89)— de un amor compasivo e infinito (cf. Salmo 102, 13; Ef., 2, 4 y notas).

    Para ello sólo se pide atención, pues claro está que el que no lee no puede saber. Como cebo para esta curiosidad perseverante, se nos brindan aquí todos los misterios del tiempo y de la eternidad. ¿Hay algún libro mágico que pretenda lo mismo?

    Sólo quedarán excluidos de este banquete los que fuesen tan sabios que no necesitasen aprender; tan buenos, que no necesitasen mejorarse; tan fuertes, que no necesitasen protección. Por eso los fariseos se apartaron de Cristo, que buscaba a los pecadores. ¿Cómo iban ellos a contarse entre las "ovejas perdidas"? Por eso el Padre resolvió descubrir a los insignificantes esos misterios que los importantes —así se creían ellos— no quisieron aprender (Mt. 11, 25). Y así llenó de bienes a los hambrientos de luz y dejó vacíos a aquellos "ricos" (Lc. 1, 53). Por eso se llamó a los lisiados al banquete que los normales habían desairado (Lc., 14, 15-24). Y la Sabiduría, desde lo alto de su torre, mandó su pregón diciendo: "El que sea pequeño que venga a Mí". Y a los que no tienen juicio les dijo: "Venid a comer de mi pan y a beber el vino que os tengo preparado" (Prov., 9, 3-5).

    Dios es así; ama con predilección fortísima a los que son pequeños, humildes, víctimas de la injusticia, como fue Jesús: y entonces se explica que a éstos, que perdonan sin vengarse y aman a los enemigos, Él les perdone todo y los haga privilegiados. Dios es así; inútil tratar de que Él se ajuste a los conceptos y normas que nos hemos formado, aunque nos parezcan lógicos, porque en el orden sobrenatural Él no admite que nadie sepa nada si no lo ha enseñado Él (Juan, 6, 45; Hebr., 1, 1 s.). Dios es así; y por eso el mensaje que Él nos manda por su Hijo Jesucristo en el Evangelio nos parece paradójico. Pero Él es así; y hay que tomarlo como es, o buscarse otro Dios, pero no creer que Él va a modificarse según nuestro modo de juzgar. De ahí que, como le decía San Agustín a San Jerónimo, la actitud de un hombre recto está en creerle a Dios por su sola Palabra, y no creer a hombre alguno sin averiguarlo. Porque los hombres, como dice Hello, hablan siempre por interés o teniendo presente alguna conveniencia o prudencia humana que los hace medir el efecto que sus palabras han de producir; en tanto que Dios, habla para enseñar la verdad desnuda, purísima, santa, sin desviarse un ápice por consideración alguna. Recuérdese que así hablaba Jesús, y por eso lo condenaron, según lo dijo Él mismo. (Véase Juan 8, 37, 38, 40, 43, 45, 46 y 47; Mt., 7, 29, etc.). "Me atrevería a apostar —dice un místico— que cuando Dios nos muestre sin velo todos los misterios de las divinas Escrituras, descubriremos que si había palabras que no habíamos entendido era simplemente porque no fuimos capaces de creer sin dudar en el amor sin límites que Dios nos tiene y de sacar las consecuencias que de ellos se deducían, como lo habría hecho un niño".

    Vengamos, pues, a buscarlo en este mágico "receptor" divino donde, para escuchar su voz, no tenemos más que abrir como llave del dial la tapa del Libro eterno. Y digámosle luego, como le decía un alma creyente: "¡Maravilloso campeón de los pobres afligidos y más maravilloso campeón de los pobres en el espíritu, de los que no tenemos virtudes, de los que sabemos la corrupción de nuestra naturaleza y vivimos sintiendo nuestra incapacidad, temblando ante la idea de tener que entrar, como agrada a los fariseos que Tú nos denunciaste, en el "viscoso terreno de los méritos propios"! Tú, que viniste para pecadores y no para justos, para enfermos y no para sanos, no tienes asco de mi debilidad, de mi impotencia, de mi incapacidad para hacerte promesas que luego no sabría cumplir, y te contentas con que yo te dé en esa forma el corazón, reconociendo que soy la nada y Tú eres el todo, creyendo y confiando en tu amor y en tu bondad hacia mí, y entregándome a escucharte y a seguirte en el camino de las alabanzas al Padre y del sincero amor a mis hermanos, perdonándolos y sirviéndolos como Tú me perdonas y me sirves a mí, ¡oh, Amor santísimo!".

    Otra de las cosas que llaman la atención al que no está familiarizado con el Nuevo Testamento es la notable frecuencia con que, tanto los Evangelios como las Epístolas y el Apocalipsis, hablan de la Parusía o segunda venida del Señor, ese acontecimiento final y definitivo, que puede llegar en cualquier momento, y que "vendrá como un ladrón", más de improviso que la propia muerte (1 Tes., 5), presentándolo como una fuerza extraordinaria para mantenernos con la mirada vuelta hacia lo sobrenatural, tanto por el saludable temor con que hemos de vigilar nuestra conducta en todo instante, ante la eventual sorpresa de ver llegar al supremo Juez (Marc., 13, 33 ss.; Lc., 12, 35 ss.), cuanto por la amorosa esperanza de ver a Aquel que nos amó y se entregó por nosotros (Gál., 2, 20); que traerá con Él su galardón (Apoc. , 22, 12); que nos transformará a semejanza de Él mismo (Filip., 3, 20 s.) Y nos llamará a su encuentro en los aires (1 Tes., 4, 16 s.) y cuya glorificación quedará consumada a la vista de todos los hombres (Mt., 26, 64; Apoc. 1, 7), junto con la nuestra (Col., 3, 4). ¿Por qué tanta insistencia en ese tema que hoy casi hemos olvidado? Es que San Juan nos dice que el que vive en esa esperanza se santifica como Él (1 Juan, 3, 3), y nos enseña que la plenitud del amor consiste en la confianza con que esperamos ese día (1 Juan, 4, 17). De ahí que los comentadores atribuyan especialmente la santidad de la primitiva Iglesia a esa presentación del futuro que "mantenía la cristiandad anhelante, y lo maravilloso es que muchas generaciones cristianas después de la del 95 (la del Apocalipsis) han vivido, merced a la vieja profecía, las mismas esperanzas y la misma seguridad: el reino está siempre en el horizonte" (Pirot).

    No queremos terminar sin dejar aquí un recuerdo agradecido al que fue nuestro primero y querido mentor, instrumento de los favores del divino Padre: Monseñor doctor Paul W. von Keppler, Obispo de Rotenburgo, pío exegeta y sabio profesor de Tubinga y Friburgo, que nos guió en el estudio de las Sagradas Escrituras. De él recibimos, durante muchos años, el estímulo de nuestra temprana vocación bíblica con el creciente amor a la divina Palabra y la orientación a buscar en ella, por encima de todo, el tesoro escondido de la sabiduría sobrenatural. A él pertenecen estas palabras, ya célebres, que hacemos nuestras de todo corazón y que caben aquí, más que en ninguna otra parte, como la mejor introducción o "aperitivo" a la lectura del Nuevo Testamento que él enseñó fervorosamente, tanto en la cátedra, desde la edad de 31 años, como en toda su vida, en la predicación, en la conversación íntima, en los libros, en la literatura y en las artes, entre las cuales él ponía una como previa a todas: "el arte de la alegría". "Podría escribirse, dice, una teología de la alegría. No faltaría ciertamente material, pero el capítulo más fundamental y más interesante sería el bíblico. Basta tomar un libro de concordancia o índice de la Biblia para ver la importancia que en ella tiene la alegría: los nombres bíblicos que significan alegría se repiten miles y miles de veces. Y ello es muy de considerar en un libro que nunca emplea palabras vanas e innecesarias. Y así la Sagrada Escritura se nos convierte en un paraíso de delicias (Gén., 3, 23) en el que podremos encontrar la alegría cuando la hayamos buscado inútilmente en el mundo o cuando la hayamos perdido".

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    00 2/8/2006 6:35 AM
    Cánticos
    Al rezar los cánticos de la Sagrada Escritura, el cristiano experimenta una especie de sintonía entre el Espíritu, presente en las Escrituras, y el Espíritu que habita en él por la gracia bautismal
    www.aciprensa.com/Biblia/canticos/index.html
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    00 2/9/2006 5:51 PM
    ¿Dónde está la diferencia?
    Lucas 17, 5-10. Tiempo Ordinario. Fe es también saber obedecer y servir a Dios con humildad, sencillez, amor y dedicación.


    ¿Dónde está la diferencia?


    Lucas 17, 5-10


    Dijeron los apóstoles al Señor; Auméntanos la fe. El Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: Arráncate y plántate en el mar, y os habría obedecido. ¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: Pasa al momento y ponte a la mesa? ¿No le dirá más bien: Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú? ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.


    Reflexión


    ¿Cuál es la diferencia entre un creyente y un ateo? ¿O qué distingue a una persona religiosa de otra que es indiferente a la religión? Por supuesto que muchas cosas. Pero yo creo que la diferencia más fundamental es, precisamente, la fe. Es muy diferente creer y no creer, tener fe o vivir como si Dios no existiera.

    Muchas veces he preguntado a niños, jóvenes y adultos si es igual estar bautizado o no, tener fe o no tenerla; y qué es lo que hace la diferencia. Y, desafortunadamente, no siempre me lo han sabido decir. Yo estoy convencido de que existe un abismo entre uno y otro. La persona bautizada ha recibido, además de la purificación del pecado original y la filiación divina –que es un regalo verdaderamente increíble— el don incomparable de la fe. Y la fe cambia radicalmente la vida. Es como si un ciego de nacimiento comenzara a ver y pudiera contemplar toda la belleza de esta maravillosa creación que Dios ha hecho para nosotros. O como si un hombre encerrado en una cueva fuera, de pronto, llevado a la cima de una elevada montaña para contemplar desde las alturas todos los valles y el paisaje que se extiende delante de sus ojos.

    Una persona con fe es tremendamente afortunada. Tiene en su mano la llave de la felicidad y el secreto para vivir en paz, con alegría y serenidad todos los momentos de su existencia, incluso los más difíciles e incomprensibles para nuestra pobre naturaleza humana. Muchas veces he podido asistir y acompañar a tantas personas en momentos terribles de dolor –ante la muerte de un ser querido o ante desgracias inesperadas— y siempre me han dado mucho que pensar. Unos, porque han sabido aceptar esos sufrimientos con una grandísima paz y serenidad, y siempre me han edificado muchísimo; y los otros porque, en las mismas circunstancias o ante situaciones menos dramáticas, se han rebelado contra Dios, se han desesperado y perdido temporalmente la luz e incluso la razón de su misma existencia....

    ¡De veras que la fe cambia radicalmente la vida! Y, por desgracia, en nuestro mundo secularizado de hoy –sobre todo acá en Europa— es cada vez más frecuente encontrar a gente que se declara agnóstica o que, siendo cristianos, viven una fe muy superficial y subjetiva; o que, por el ambiente tan materialista que los envuelve, parece como si Dios no existiese para ellos.

    En el Evangelio de hoy, los discípulos le piden a nuestro Señor, a quemarropa: “Señor, auméntanos la fe”. Seguramente, al lado de Cristo, ya habían aprendido lo que era la fe, y la diferencia tan abismal entre una persona creyente y otra incrédula. Jesús, antes de hacer cualquier milagro, ponía siempre la fe como condición para realizarlo. Aquella mujer sirofenicia, a pesar de no pertenecer al pueblo elegido, arrancó de Cristo la curación de su hijita gracias a su fe humilde y perseverante. Y aquel centurión romano –que también era “pagano”— logró de Jesús un milagro para uno de sus servidores enfermos, y nuestro Señor quedó profundamente conmovido ante una fe tan maravillosa. Fue también la fe de aquella mujer hemorroísa la que arrancó de Cristo su curación, después de doce años enferma y tras haber gastado toda su fortuna en médicos. Gracias también a la fe, Jairo consiguió que Jesús resucitara a su hijita muerta.

    Todo el Evangelio está lleno de estos ejemplos. Y Cristo nos dice hoy algo muy impresionante. Tal vez, a fuerza de escucharlo, ya nos hemos acostumbrado. Pero fijémonos muy bien en sus palabras: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, dirías a esta morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y os obedecería”.

    ¿Cuántos de nosotros, que nos llamamos buenos cristianos –y que, seguramente lo somos— hemos hecho algún milagro? O mejor: ¿cuántos milagros hemos realizado hasta el día de hoy, gracias a nuestra fe en Cristo? Cristo cumple siempre su palabra. Entonces, ¿dónde está el problema? Tal vez en que nuestra fe es tan, tan pequeña que no llega ni siquiera al tamaño de un minúsculo granito de mostaza... Y no me estoy refiriendo yo a milagros “espectaculares”. Cuando Cristo habla de trasplantar moreras y de mover montañas, se refiere no tanto a las montañas físicas, sino a las dificultades de la vida y a circunstancias aparentemente insuperables. La fe, si es auténtica, es capaz de remover obstáculos gigantescos.

    En la segunda parte del Evangelio de hoy se nos presenta otro tema que, en apariencia, no tiene nada que ver con esta primera parte. Nuestro Señor nos pone el caso del criado que sirve a su amo en cuanto éste llega del campo. Y Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Acaso deberá estar agradecido con el criado porque ha hecho lo mandado?”. La frase, aunque cierta, podría desconcertarnos un poco, como si nuestro Señor nos estuviera diciendo que Dios no tiene por qué agradecer nuestros servicios. Aparte de que no se ve mucha relación con el tema de la fe, la afirmación parece un poco dura...

    Pero vamos a explicarlo. Hay que decir, en primer lugar, que no tenemos que aplicar esta frase a Dios, sino a nosotros. O sea, Jesús no nos está revelando los sentimientos del Padre en relación con nosotros, sino que nos está indicando cuáles deben ser nuestros sentimientos y actitudes personales en nuestras relaciones con Dios. En otras palabras, nuestro Señor no se identifica con ese amo de la parábola, que con razón nos resulta un poco chocante: un arrogante señorón, mandón y orgulloso, que primero se interesa de sí mismo y luego de los demás. En realidad, el amo tiene el derecho de comportarse así con el criado, pero nos parece egoísta y pretencioso. Al menos, debería cuidar las buenas formas de educación, también con su criado.

    Pero hay que mirar las cosas en sentido inverso. Es decir, desde la perspectiva del criado. Nosotros somos esos “siervos inútiles” del Evangelio. Y, cuando hayamos hecho todo lo que nos está mandado, digamos como el siervo de la parábola: “Somos unos siervos inútiles, y lo que teníamos que hacer, eso hicimos”.

    Somos nosotros los afortunados al haber sido llamados por Dios para su servicio. Es una honra y un santo orgullo poder ser contados entre los servidores de Dios. Y lo que necesitamos para cumplir bien con nuestro deber es, ante todo, una grandísima humildad, disponibilidad, empeño generoso y docilidad para servir y obedecer. Es un don gratuito el que hemos recibido de parte de Dios. ¡Y dichosos nosotros si nos comportamos así! Además, es lo único lógico y sabio que podemos hacer, siendo creaturas e hijos de un Padre tan generoso y tan bueno.

    Esto, en definitiva, es también fe. No sólo es la capacidad para hacer milagros. Fe es también saber obedecer y servir a Dios con humildad, sencillez, amor y dedicación. La fe debe traducirse en obras. Si no –como nos dice el apóstol Santiago— “es una fe muerta” (cfr. St 2, 14-26) . La fe debe ser activa y operante para ser auténtica. Una fe amorosa hecha obediencia, humildad y servicio fiel a Dios nuestro Señor.


    Comentarios al autor scordova@arcol.org
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    00 2/16/2006 9:05 PM
    Diez Mandamientos

    En el Antiguo Testamento Dios entregó los Diez Mandamientos a Moisés en el Sinaí para ayudar a su pueblo escogidos a cumplir la ley divina.

    Jesucristo, en la ley evangélica, confirmó los Diez Mandamientos y los perfeccionó con su palabra y con su ejemplo.

    Nuestro amor a Dios se manifiesta en el cumplimiento de los Diez Mandamientos y de los preceptos de la Iglesia.

    En definitiva, todos los Mandamientos se resumen en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo, y más aún, como Cristo nos amó.

    ¿Basta creer para salvarse?

    No basta creer para salvarse, pues dice Jesucristo: Si quieres salvarte, cumple los mandamientos.

    ¿Quién dio los Diez Mandamientos?

    Dios mismo dio los Diez Mandamientos a Moisés, y Jesucristo los confirmó y perfeccionó con su palabra y con su ejemplo.

    ¿Cuáles son los Diez Mandamiento de la Ley de Dios?

    Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios son:

    1º Amarás a Dios sobre todas las cosas.
    2º No tomarás el Nombre de Dios en vano.
    3º Santificarás las fiestas.
    4º Honrarás a tu padre y a tu madre.
    5º No matarás.
    6º No cometerás actos impuros.
    7º No robarás.
    8º No dirás falso testimonio ni mentirás.
    9º No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
    10º No codiciarás los bienes ajenos.

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    00 2/20/2006 7:57 AM
    Autor: P. José Rodrigo Escorza | Fuente: Catholic.net
    Curación de un endemoniado
    Marcos 9, 14-29. Tiempo Ordinario. Para grandes males, la única forma de resolverlos es con la oración y el ayuno.


    Curación de un endemoniado
    Marcos 9, 14-29


    En aquel tiempo, cuando Jesús bajó del monte y llegó al sitio donde estaban los discípulos, vio a mucha gente que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Toda la gente, al verle, quedó sorprendida y corrieron a saludarle. Él les preguntó: «¿De qué están discutiendo con ellos?» Uno de entre la gente le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y le deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido» Él les responde: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!» Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?» Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros». Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!» Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!» Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él». Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?» Les dijo: «Esta clase de demonios con nada puede ser arrojada sino con la oración y el ayuno».


    Reflexión


    Algo que me llama la atención de este pasaje evangélico es la respuesta que da Cristo a sus discípulos a la última pregunta: "porque este tipo de demonios sólo se pueden echar con oraciones y ayuno".

    ¿Realmente tiene tanta importancia la oración? Parece que en los evangelios se nos muestra que sí, porque Cristo, cada vez que obraba el bien, elevaba su plegaria a Dios Padre para que le concediera la gracia que le pedía: "...gracias, Padre, porque me escuchaste, Yo sé que siempre me escuchas..." Además antes de tomar grandes decisiones o llevar a cabo acciones que le implicarían un gran sacrificio, Jesucristo ora: ora antes de escoger a los discípulos, ora antes de resucitar a Lázaro, hace una oración que es agonía en el huerto de Getsemaní antes de morir. La oración es el alimento del espíritu de Cristo, en su rato de descanso, en el que penetra en el santuario del amor divino para quedarse allí, solo con su Padre.

    Ante el terrorismo, el aborto, la eutanasia... lo que podemos hacer es rezar. Aprendamos a orar, no sólo a rezar, para que nuestro rezo sea una ocasión de orar. Porque rezar es simplemente un repetir fórmulas hechas y se puede repetir sin meter el corazón. Orar significa platicar con Dios, decirle lo que sentimos, nuestros problemas, y encontrar en Él la paz y tranquilidad en los momentos duros. Orar no es difícil, es como platicar con una persona real que te ve y te escucha.

    Haz la prueba y verás que Él está allí para escucharte.



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    00 2/22/2006 6:05 AM

    Autor: Edgar Pérez | Fuente: Catholic.net
    La Confesión de Pedro
    Mateo 16, 13-19. Cátedra de San Pedro. Sólo el bueno e intrépido de Pedro respondé: Tú eres Cristo.


    La Confesión de Pedro
    Mateo 16, 13-19.

    En aquel tiempo, Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo e hizo esta pregunta a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas. Díceles él: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro contestó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Replicando Jesús le dijo: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.


    Reflexión:


    ¿Quién dicen los hombres que soy? Es una pregunta que aún hoy nos hace Cristo a cada uno de los que profesamos el nombre de cristianos. Esa vez fue dirigida a los apóstoles y causó el mismo impacto que si nos la dijera hoy Jesús a nosotros. Ellos, que habían escuchado sus palabras, habían dejado todo por seguirlo, nunca se habían cuestionado sobre quién era “realmente” aquel Hombre que podía dominar la naturaleza y que curaba a los enfermos y perdonaba los pecados. Ante la primera pregunta muchos respondieron de inmediato: que Juan el Bautista, que alguno de los profetas… Y vosotros, ¿quién decís que soy? Sólo ahora se quedaron estupefactos. No se lo habían planteado jamás. ¿Cómo era posible que no supieran quién era?

    Ocurre que muchos católicos tras años de bautizados, y después de haber visto la acción de la gracia tan patente por los sacerdotes, tampoco saben “realmente” quién es Él. Porque es una pregunta que se responde de corazón a corazón, no de un frío libro a una también fría mente. Cristo pregunta y lo hace porque desea que lo conozcamos de veras. Sólo el bueno e intrépido de Pedro responderá justamente: Tú eres el Cristo. Porque se ha dejado llevar de la inspiración del Espíritu, él que será la Piedra de la Iglesia. ¿Sabemos quién es Cristo? Respondámosle sin miedo en la intimidad de la oración de corazón a Corazón.


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    00 2/28/2006 6:40 AM

    Autor: Andrés Pérez Apablaza | Fuente: Catholic.net
    Recompensa a los que dejan todo por Jesús
    Marcos 10, 28-31. Tiempo Ordinario. No tengamos miedo. Optar por Cristo siempre será la mejor empresa de nuestra vida.


    Recompensa a los que dejan todo por Jesús

    Marcos 10, 28-31

    En aquel tiempo Pedro se puso a decirle a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros»


    Reflexión


    Hoy es Pedro quien se gloría de haberlo dejado todo. Cuando antes todos se espantaban de las palabras del Señor: quién podrá salvarse.. Tan duras les resultaban las palabras de Maestro cuando decía que ningún rico se salvaría. Ellos no eran ricos. Pero bien que entendieron las palabras de Cristo. Con mucho o con poco se es rico, esto es, todo hombre se apega a las cosas. Pedro, hablando más con el espíritu que con la carne, dice bien: “lo han dejado todo y le siguieron”.

    Jesús le responde, esperando que sus oidores entiendan también como antes el fondo de sus palabras: “recibirán el ciento por uno”. Cierto que les habla de cosas, de bienes que aumentarán. Cierto que para ello han de hacer una opción radical por Él, una opción que no es despreciar las cosas sino desapegarse de ellas para apegarse a Dios y amar en Dios esas cosas que han dejado, con un amor rectificado por la experiencia de Cristo. Es más, el que haya logrado experimentar la plenitud liberalizadora de la opción radical por Cristo, no sentirá gusto sino sólo en Dios. Y las creaturas, tan bellas como su Hacedor, serán los medios para mejor amarle y servirle.

    Pero entre las cosas que se nos prometen está una poco agradable, poco comprensible: las persecuciones. Se nos prometen persecuciones como premio por el seguimiento de Cristo. ¿Quién, en efecto, está libre de las cruces de esta vida? ¿Quién en esta tierra ha vivido sin sufrir algo? Nadie. Todos somos pasto de las fieras del egoísmo de nuestros hermanos. Y sin embargo Cristo nos promete estos sufrimientos por Él. ¡Qué extraño regalo! Muy extraño. Pero extraño es para el que no ama. Es una locura sufrir por Cristo si no se le tiene. Quien lo tiene lo da todo porque lo ama. Quien sufre por alguien amado crece, se enaltece, siente que recibe más de lo que ha podido dar. Pero también sabe que esos padeceres no son eternos. Eterna será la Gloria junto a Cristo en el cielo. Y por eso lo sufre todo, se deja querer por Jesús plenamente. No tengamos miedo. Optar por Cristo siempre será la mejor empresa de nuestra vida. Hay que vivirlo para comprenderlo.

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    00 3/5/2006 7:50 PM
    Vocación de Leví
    Lucas 5, 27-32. Cuaresma. Nada en la vida, ni placeres, ni riquezas, podrán compararse con el Tesoro de encontrar a Dios.


    Vocación de Leví

    Lucas 5, 27-32


    En aquel tiempo vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: Sígueme. Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: ¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores? Les respondió Jesús: No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores.


    Reflexión


    Seguramente muchos de los amigos de Leví, no cabrían en su asombro al saber de lo que estaba pasando. Leví, el publicano, ofrecía un banquete de despedida porque iba a dejar todo lo que tenía, para seguir a un rabí llamado Jesús y que no tenía dónde reposar la cabeza.

    La decisión la había tomado en la mañana, cuando, quién sabe por qué, Jesús había pasado por la recaudación de impuestos y le había invitado a seguirle. “Ven y sígueme”, eso es todo lo que nos dice el evangelio. No sabemos si ya lo conocía, si le había oído en alguna ocasión..., nada, tan sólo que dejándolo todo lo siguió.

    Eran muchas las cosas que Leví debía dejar abandonadas en el baúl de los recuerdos para siempre. Pero Leví no puso cara de camello triste, quejándose y lamentándose, de por qué le había tocado a él. Al contrario de todas las expectativas, organiza una fiesta.

    Cuánto tenemos que aprender de Leví. Él sí se dio cuenta de que nada en la vida, ni placeres, ni riquezas, ni nada de nada, podían compararse con el Tesoro que había encontrado. Y como buen recaudador supo venderlo todo para adquirir una ganancia infinitamente mayor. Que en esta Cuaresma también nos encontremos nosotros con Cristo y sepamos dejarlo todo para seguir al único por el que vale la pena dejarlo todo: un rabí llamado Jesús.

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    00 3/11/2006 3:03 AM
    San Juan Crisóstomo (hacia 345-407) obispo de Antioquia y Constantinopla, doctor de la Iglesia
    Homilía 15 sobre la carta a los romanos; PG 60, 543-548



    “A los pobres los tenéis siempre con vosotros.” (Jn 12,8)


    “El Padre no perdonó a su propio Hijo” (Rm 8,32); tú que no das ni siquiera un trozo de pan al que fue entregado e inmolado por ti. El Padre, por ti, no le perdonó; tú pasas con desprecio al lado de Cristo que tiene hambre, cuando no vives sino por la bondad y la misericordia del Padre... El fue entregado por ti, inmolado por ti, vive en la miseria por ti, quiere que la generosidad sea una ventaja para ti, y aún así, tú no das nada. ¿Hay una piedra más dura que vuestros corazones ante la interpelación de tantas razones? No fue bastante que Cristo padeció la cruz y la muerte; quiso ser pobre, mendigo y desnudo, encarcelado (Mt 25,36) para que al menos ante esta realidad te dejes conmover. “Si no me das nada para mis dolores, por lo menos ten piedad de mí en mi pobreza. Si no me tienes piedad por mi pobreza, que mis enfermedades te ablanden, mis cadenas te enternezcan. Si todo esto no te conmueve, ¡muévate al menos la insignificancia de mi petición. No te pido nada costoso sino pan, un techo y unas palabras amistosas... Fui encadenado por ti y lo estoy todavía por ti para que, conmovido por mis cadenas pasadas o actuales, tengas misericordia de mí. He pasado hambre por ti y sigo sufriendo el hambre por ti. Tuve sed cuando estuve colgado en la cruz y sigo teniendo sed en los pobres a fin de atraerte hacia mí para tu salvación”...

    Jesús dice, en efecto: “Quien acoge a uno de estos pequeños, me acoge a mí.” (Mc 9,37)... Te podría premiar sin esto, pero yo quiero hacerme tu deudor para que lleves tú la corona segura. Por esto, aunque yo me podría alimentar yo mismo, voy mendigando aquí y allí, me presento a tu puerta y tiendo la mano. Quiero que me des de comer tú, porque te amo ardientemente. Mi felicidad consiste en estar sentado en tu mesa.”
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    00 3/11/2006 7:03 PM

    El amor a los enemigos
    Mateo 5, 43-48. Cuaresma. Dos llaves abren el corazón de Dios: el amor y el perdón.


    Mateo 5, 43-48

    Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.



    Reflexión



    Odia a tu enemigo. Este "precepto" perdió todo su sentido con la venida y el mensaje de Cristo. Él nos dijo: amad a vuestros enemigos, porque el verdadero amor no pide nada a cambio, el verdadero amor se da aunque sea pisoteado. El sol, la lluvia y el viento que tocan a nuestra puerta son los mismos que tocan la puerta de mi enemigo. Dios es verdadero amor porque me ama siempre y porque ama a quien me ha hecho mal. Ese es el verdadero amor, el que no tiene límites.

    Los hombres somos criaturas finitas, pequeñas cosas comparadas con el universo o con el creador, pero en algo podemos asemejarnos a Dios: en que tenemos la capacidad de amar infinitamente.

    Es una nueva vía la que nos presenta Cristo: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. ¿Qué es lo más perfecto que podríamos hacer si no es amar? En esto nos podemos parecer a Dios: en que sabemos amar, sin distinciones ni preferencias.

    Dos llaves abren el corazón de Dios: el amor y el perdón. Dos llaves abren el corazón del hombre: el amor y el perdón. Lleva las llaves al cuello y abre las puertas que parecen cerradas, así abrirás las puertas del corazón de Dios.



    Autor: P. Juan Jesús Riveros | Fuente: Catholic.net
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    00 3/12/2006 11:36 PM
    Maestro, ¡qué bien se está aquí!

    El Diurnal de JAI
    blogs.periodistadigital.com/eldiurnaldejai.php

    “Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: Maestro, ¡qué bien se está aquí!.” (Mt 9,2.45)

    Las mismas palabras que podíamos escuchar en el Bautismo de Jesús se repiten ahora en el momento de la Transfiguración: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”. Unas palabras que aún siguen retumbando en nuestros oídos en nuestros días porque necesitamos escuchar a Jesucristo para comprender tantas cosas de la vida y de la muerte que sin su palabra, sin su luz, sin su aliento se nos vuelven absolutamente incomprensibles.
    Pero si algo nos ha enseñado desde la Iglesia la experiencia milenaria de Jesucristo es que para percibir a Jesucristo no necesitamos de experiencias límite como la de los apóstoles en el momento de la Transfiguración porque Cristo mismo nos habla cada día desde las personas y los acontecimientos que vamos viviendo. Lo único que necesitamos es querer y saber escucharle.
    Esta ocasión es una de las primeras en la que en los evangelios se recoge implícitamente el anuncio de la resurrección. “No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”, les dice Jesucristo. Cosa que a sus oídos les sonaría a chino y que solo podrían comprender una vez vivida la experiencia de la Pascua. Y esa es una ventaje que nosotros tenemos hoy frente a aquellos discípulos que anonadados por la escena maravillosa de la Transfiguración querían plantar allí sus tiendas y olvidarse del resto del mundo y de su misión. La ventaja de saber, al menos desde la fe, que Jesucristo resucitó de entre los muertos y que con ello ha vencido al límite mas profundo de la vida humana, la muerte.
    Podremos sufrir, padecer enfermedades, desconocer porqué según los designios de Dios unos viven una vida feliz y placentera y a otros les toca vivirla cargada de sufrimientos y pesares pero de lo que sí podemos estar seguros es de que esa vida, mejor o peor, mas justa o injusta, no puede terminar con la desaparición de todo lo que somos. Podremos perder el cuerpo, podrán hacerse cenizas nuestros huesos pero lo que realmente somos, el espíritu que Dios en su día puso en nosotros, ese no puede morir y no sólo porque la fe nos haga confiar en lo que Jesucristo nos dice sino porque incluso, racionalmente, lo contrario restaría gran parte del sentido de la vida, la llenaría de pura frustración y nos envolvería en un absurdo existencial.
    Pero a la vez que este evangelio nos anuncia la Resurrección y nos presenta a un Jesucristo, hijo amado del Padre, transfigurado al lado de los grandes padres del Antiguo Testamento, también nos ofrece una advertencia: no caer en la complacencia y en la tentación de alejarnos del mundo refugiándonos en el ámbito sagrado en el que podemos encontrarnos tan a gusto.
    Necesitamos vivir con frecuencia la experiencia del encuentro con Jesucristo y dejarnos también transfigurar con Él pero no para instalarnos ni plantar nuestras tiendas en nustro especial refugio espiritual sino para con fuerza saber bajar de la montaña a la calle, a las cosas de cada día, a los acontecimientos que desde las personas que nos rodean siguen reclamando de cada uno de nosotros, los cristianos, que demos testimonio de lo mejor que tenemos. Y ese, sin lugar a dudas, no es otro que el propio Jesucristo.

    “Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió” (De los sermones de San León Magno)


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    00 3/17/2006 12:06 AM




    San Juan Crisóstomo (hacia 345-407) obispo de Antioquia y Constantinopla, doctor de la Iglesia
    Homilía 15 sobre la carta a los romanos; PG 60, 543-548



    “A los pobres los tenéis siempre con vosotros.” (Jn 12,8)


    “El Padre no perdonó a su propio Hijo” (Rm 8,32); tú que no das ni siquiera un trozo de pan al que fue entregado e inmolado por ti. El Padre, por ti, no le perdonó; tú pasas con desprecio al lado de Cristo que tiene hambre, cuando no vives sino por la bondad y la misericordia del Padre... El fue entregado por ti, inmolado por ti, vive en la miseria por ti, quiere que la generosidad sea una ventaja para ti, y aún así, tú no das nada. ¿Hay una piedra más dura que vuestros corazones ante la interpelación de tantas razones? No fue bastante que Cristo padeció la cruz y la muerte; quiso ser pobre, mendigo y desnudo, encarcelado (Mt 25,36) para que al menos ante esta realidad te dejes conmover. “Si no me das nada para mis dolores, por lo menos ten piedad de mí en mi pobreza. Si no me tienes piedad por mi pobreza, que mis enfermedades te ablanden, mis cadenas te enternezcan. Si todo esto no te conmueve, ¡muévate al menos la insignificancia de mi petición. No te pido nada costoso sino pan, un techo y unas palabras amistosas... Fui encadenado por ti y lo estoy todavía por ti para que, conmovido por mis cadenas pasadas o actuales, tengas misericordia de mí. He pasado hambre por ti y sigo sufriendo el hambre por ti. Tuve sed cuando estuve colgado en la cruz y sigo teniendo sed en los pobres a fin de atraerte hacia mí para tu salvación”...

    Jesús dice, en efecto: “Quien acoge a uno de estos pequeños, me acoge a mí.” (Mc 9,37)... Te podría premiar sin esto, pero yo quiero hacerme tu deudor para que lleves tú la corona segura. Por esto, aunque yo me podría alimentar yo mismo, voy mendigando aquí y allí, me presento a tu puerta y tiendo la mano. Quiero que me des de comer tú, porque te amo ardientemente. Mi felicidad consiste en estar sentado en tu mesa.”
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    00 3/17/2006 1:38 AM
    VINCULACIÓN RAZONADA DE DOS DE LOS MILAGROS MÁS IMPORTANTES DE JESUCRISTO
    Autor: Rafael García Ramos


    Mt.14,13-23;Mc.6,33-46;Lc.9,11-17;Jn.6,2-15 Primera multiplicación de los panes (APARTADO 4.32 DEL LIBRO)
    Al buscar la palabra “mujer”, el Programa Concordante me encaminó hacia este milagro que es el único, en todo el Evangelio, en cuyo relato intervienen los cuatro Evangelistas y cada cual lo hace según su personal interpretación de un mismo hecho sobrenatural.
    Al hilo de este trabajo sobre “La mujer en el Evangelio”, me he fijado en algunos detalles que revelan datos con los que enjuiciar el supuesto trato de la sociedad de aquel tiempo con la mujer de aquel tiempo. Veamos los versículos de este pasaje donde de manera explícita e implícita se hace mención de ella:

    Mt 14,21 Y los que habían comido eran como cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
    Mateo es un discípulo que ha visto con sus propios ojos el milagro que relata. Su Evangelio va dirigido fundamentalmente al lector judío, en general, al posible converso judío a quien trata de demostrar que Jesucristo es el Mesías. El destinatario principal de su mensaje es un hombre de raza judía, educado en una sociedad no propicia a entender que una hija de Dios es tan dueña del Corazón de su Padre como lo pueda ser el hombre más hombre por ser hombre.
    Mi querido Mateo, ¿qué pretendes que se interprete cuando no tienes en cuenta el nº de mujeres que comieron, como los varones, de este pan, que milagrosamente se multiplicaba en las benditas manos de Cristo? Solo tú, en dos ocasiones, nos informas del nº de varones, 5.000 en un caso y 4.000 en otro, que se hartaron de comer el pan y el pescado, haciendo la observación de que no se tuvo en consideración el nº de mujeres. ¿Eran más o menos que los hombres? Pues yo creo, mi buen amigo Mateo, que esta puntualización hay que entenderla en función de la forma de ser de tus incipientes lectores más que en relación a la forma de ser de tu persona, porque de tu integridad y bien hacer nos has dejado como muestra tu Evangelio, una Joya que brilla para siempre como una Luz que lleva Vida en Sí misma. Solo un hombre de Dios, un hombre noble puede ser el autor de semejante Escrito.

    Lc 9,14 Porque eran como unos cinco mil hombres. Y dijo a sus discípulos: Hacedlos recostar por ranchos como de cincuenta cada uno.
    Lucas, el evangelista de la mujer, no hará de ella expresa referencia en este pasaje. En su descripción, obvia elegantemente, el muy respetable nº de mujeres que también se beneficiarían del milagro de Cristo. Este gentil médico no fue discípulo que conviviera con Cristo, no le conoció personalmente, sin embargo redactó su Evangelio recibiendo información de primera mano de aquellas mujeres que fueron testigos oculares de la vida de Cristo. La primera Mujer de la que Lucas recibió información fue de la Virgen María. Mi buen amigo Lucas es un hombre de notable cultura y amable trato, que empleó la cortesía y el respeto a la mujer, como no se podía esperar menos de un caballero que escribió el Evangelio de la Misericordia.

    Mc 6,44 Y eran los que habían comido los panes cinco mil hombres.
    Sabemos que Marcos escribe su Evangelio al dictado de Pedro. La idiosincrasia de Pedro se manifiesta por la manera contundente con el que relata lo que vieron sus ojos, lo que sus oídos oyeron y lo que tocaron sus manos. Amiga lectora, amigo lector, observa como los anteriores evangelistas dan como aproximado el nº de cinco mil los hombres que presenciaron el milagro de Jesucristo. Observa así mismo como Pedro no da opción a la aproximación, fueron cinco mil hombres, ni uno más, ni uno menos. “Dime como escribes y te diré como eres”, esto bien se puede aplicar al Evangelio de Marcos y si damos por hecho que el espíritu de Pedro está patente en esta sintetizada Escritura, comprenderemos que jamás se ha descrito, con tanta realidad imperativa, hechos de semejante trascendencia divina y con menos palabras. Mi buen amigo Pedro, con respecto a la referencia de la mujer en este pasaje evangélico, está en la misma línea de mi buen amigo Mateo. Escribe para una sociedad de su tiempo no propicia a hacer intervenir a la mujer en los asuntos públicos que supusiesen debate en la interpretación de las ideas con las que se pretendía ganar la mente y el corazón de tus interlocutores. En Roma habían senadores y no senadoras, en Israel habían doctores de la Ley y no doctoras de la Ley, habían fariseos y no fariseas.

    Jn 6,10 Dijo Jesús: Haced que los hombres se coloquen en el suelo. Había mucha hierba en aquel lugar. Se colocaron, pues, los varones, en número como unos cinco mil.
    Amiga lectora, amigo lector, a la vista de este versículo de San Juan y puesto que estamos contemplando el mismo suceso redactado por otros tres evangelistas, no podemos evitar el hacer concatenación de datos que nos llevan a las siguientes conclusiones:
    a. San Juan tampoco hace mención al importante nº de mujeres y niños que allí estaban.
    b. Jesús manda que los varones se coloquen en el suelo en grupos separados de 50.
    c. Con 50 varones por grupo tendríamos 100 grupos.
    d. Por lo que se aprecia en San Marcos también se formaron grupos de 100 que, probablemente, serían de mujeres y niños exclusivamente.
    e. Los varones estaban en una zona y separadas, en otra zona, las mujeres y niños.
    f. Posiblemente, contando con las mujeres y los niños, los grupos de 50 y de 100 personas que se formaron separados entre si, para poder circular entre ellos, ocuparían una superficie superior a los 200.000 M2, es decir la superficie de 20 campos de fútbol.
    g. En la distribución de estos panes y peces es posible que intervinieran más de 150 discípulos de Cristo.
    Ante estas deducciones, amiga lectora, amigo lector, nos surgen las siguientes preguntas:
    1) ¿Por qué el Señor quiso los grupos con solo varones separados de los grupos con solo mujeres y niños?
    2) Dice el Evangelio que el día comenzó a declinar, estamos hacia la mitad de la tarde. Antes de que la noche se cerrara y viniera la oscuridad consecuente, ¿cómo pudo distribuirse, en tan corto tiempo, comida para tantas personas?
    3) Un experto en acústica se preguntaría como fue posible que la voz de Cristo llegara a los oídos de un gentío, probablemente, cercano a las diez mil personas contando con las mujeres y los niños. ¿Cómo puede oírse la voz de un Hombre, sin megafonía, que habla, sin gritar, a una multitud semejante, esparcida por una superficie de 20 hectáreas?
    A la primera pregunta se puede responder con la sencillez del que sabe que Dios conoce el corazón del hombre y el corazón de la mujer. El Señor interviene con prudencia divina, con la prudencia de un Padre que conoce perfectamente a sus hijos y a sus hijas.
    A la segunda pregunta se contesta con el sentido común y a la vista de lo que se lee entre líneas puede confirmarse que en las manos de Cristo se multiplicaban los panes y los peces, pero también se multiplicaban en las manos de sus discípulos que los repartían, sin agotarse, por los grupos de varones, de mujeres y niños.
    A la tercera pregunta se contesta con la Fe. Solo a Dios se le puede atribuir semejante poder para hacer posible que su palabra llegue al oído humano nítida y perfectamente entendible sin necesidad ni de la técnica, ni de la ciencia. Cristo habló a sus oyentes con palabras de Hombre y Omnipotencia divina. En este acontecimiento histórico, realmente sucedido en nuestro tiempo y en nuestro espacio, se han dado un conjunto de hechos inexplicables para la razón humana. Poner en duda la divinidad de este Hombre, Jesucristo, después de haber asistido a tan sorprendente relato, es como encender una cerilla para alumbrar al sol en la hora cenital. Jn 1,11 Vino a lo que era suyo, y los suyos no le recibieron.

    Jn.6,34-47 “Yo soy el Pan de la vida”(APARTADO 4.34 DEL LIBRO)
    Siguiendo cronológicamente los acontecimientos evangélicos y parándonos solo donde se hace mención de la mujer, nos volvemos a encontrar con la referencia que en este pasaje se hace de la Madre de Jesús. Ya hemos llegado al final del 2º año de la vida pública. Estamos, todavía, bajo el influjo de unos hechos sobre los cuales nunca habíamos reflexionado. El Programa Concordante nos ha mostrado los matices diferentes con los que se ha redactado un inaudito milagro por cuatro hombres distintos y con personalidades distintas.
    Solo San Juan nos mantendrá la atención sobre lo que estupefactos hemos contemplado con nuestros ojos. Ahora el Águila de Patmos nos lleva a la sinagoga de Cafarnaúm para oír palabras inauditas en boca de un Hombre, el mismo Hombre que acaba de consumar un portentoso milagro. ¿Qué le oiremos decir? Pues le oiremos decir cosas como estas: “…he bajado del cielo…”; “…el que cree en Mí tiene vida eterna…”; “…lo resucitaré en el último día…”. De estas afirmaciones los oyentes se escandalizan con: “…he bajado del cielo…” y murmurando manifiestan conocerle a El, a su padre José y a su Madre Maria. ¿Cómo podemos creer que viene de otro mundo, que ha bajado del cielo, si ha crecido con nosotros en nuestro mismo pueblo? Sin pestañear, sin perder detalle, fijamos la mirada en Jesús que todavía eleva más el tono de su discurso y entre otras cosas viene a decir: “…nadie ha visto al Padre…”; “…solo Yo, que vengo de parte de El, soy el Único que ha visto al Padre…”.
    Amiga lectora, amigo lector, aquí podría terminar la exposición del trabajo que me ocupa sobre la mujer en el Evangelio en este 2º año de predicación pública, sin embargo, al no poder dejar de asombrarme con las manifestaciones que oigo de este Hombre prolongo mi atención y la tuya oyendo cosas como estas: “…Yo soy el Pan de la vida que baja del cielo…”; “…el que coma de este Pan vivirá para siempre…”; “...este Pan es mi Carne…”;
    No puedo entender de diferente manera a como entendieron los que escucharon en la sinagoga. Este Hombre está ofreciendo su Carne para que yo la coma, aún más, me ofrece su sangre para que, también yo la beba. Si esto hago, Jesucristo permanecerá en mí y yo en El, viviré de El, me promete la vida eterna y la resurrección en el último día. Por último como colofón a su discurso, Jesús me asegura que las palabras que me ha hablado son Espíritu y vida.
    La misma multitud que pretendía hacerlo Rey en virtud del maravilloso milagro que acababan de contemplar, al oír estas palabras, lo abandona. Jesús solo se queda con los Doce y en este momento también se queda solo contigo y conmigo, amiga lectora, amigo lector. A dos mil años vista de estas palabras, yo ya entiendo cuando como el Pan y bebo el Vino del Sacrificio Eucarístico que estoy comiendo y bebiendo la Carne y la Sangre de mi Señor. Las palabras del Amado tienen sentido real y literal. Jesús me da a comer su verdadera Carne y a beber su verdadera Sangre, lo hace de la forma en la que yo puedo gustarlo, con sabor a pan y sabor a vino, pero con la seguridad incuestionable de que gusto su Carne de Hombre y su Sangre de Hombre y esto es así porque toda la Persona de mi Señor está viva, como vivo yo, en el Pan y el Vino que se consagra en la Misa. El Jesús, que hace dos mil años, ofrecía su Carne y su Sangre para que fuera comida y bebida por aquellos que le escuchaban, es el mismo, así como suena, el mismo que se deja caer en mi boca cuando el sacerdote pone en mi lengua o en mi mano la hostia consagrada. Aquellos hombres contemplándole con sus ojos y oyéndole con sus oídos no le creyeron y le abandonaron. Tu y yo amiga lectora, amigo lector, no le vemos ni le oímos y sin embargo lo reconocemos tal y como es en ese trocito de Pan que, cuando podemos, cada día procuramos gustar y asimilar en lo más noble e íntimo de nuestro espíritu.

    Ahora que me he quedado a solas con Cristo, no puedo evitar repasar lo que he visto y lo que he oído. He visto las manos de un Hombre en las que se multiplicaban los panes y los peces por miles. He visto comer hasta saciarse a cinco mil hombres y a un número indeterminado de mujeres y niños, en conjunto una multitud, supuestamente, cercana a las diez mil personas esparcidas en grupos sobre una superficie de quizás 200.000 M2. He contemplado como la comida llegaba a las manos de miles de comensales en brevísimo tiempo. He deducido que de manera inexplicable la voz de este Hombre era escuchada por todos, con independencia de la distancia del oyente. He oído a este Hombre decir que viene del cielo, que solo El ha visto al Padre Dios, que es el Pan de la vida, que el que cree en El no conocerá la muerte eternamente, será resucitado en el último día. A este mismo Hombre le escucho, atónito, ofrecer su Carne y su Sangre para que sea comida y bebida del que crea en Él, porque el que así lo hiciere vivirá de Él y para siempre. He visto como a pesar del gran milagro vivido por la multitud, ésta no da crédito a las palabras de este Hombre y lo abandona.
    En este momento, en el que se mezclan en mi alma la Fe, del que cree y quiere creer, con el pragmatismo de una razón acostumbrada al razonamiento técnico como ejercicio de la profesión de ingeniero, trato de justificar a la inteligencia la viabilidad complementaria entre dos acontecimientos históricamente incuestionables, la multiplicación por miles de cinco panes y dos peces y unas afirmaciones realizadas por el mismo Hombre, que asumidas en su sentido literal me caen fuera de la lógica. Con solo el simple uso de la razón me ocurre como a sus oyentes: no lo comprendo. Sin embargo, en virtud del inmenso atractivo que este Joven genera en mi alma, mi voluntad apela a la Fe con la que me llego a este Hombre, que por la multitud ha sido abandonado, para decirle: “Te he visto y te he oído, dime cómo y cuándo me das a comer y beber la Carne y la Sangre que me ofreces, dime de qué modo te he de comer y beber porque estoy determinado a comerte y beberte aunque no conciba de qué forma lo he de hacer”.
    La respuesta no se ha hecho esperar, he buscado en el Programa Concordante la frase: “mi cuerpo” y la he encontrado 5 veces, 3 de ellas recogen la frase en el momento solemne de la institución de la Eucaristía. Mateo, Marcos y Lucas vienen a manifestar lo mismo cuando Cristo toma un trozo de pan y lo ofrece a sus discípulos diciendo: “Tomad, comed: éste es mi cuerpo”.
    Con la misma atención con la que escuché sus palabras en la sinagoga de Cafarnaúm, he escuchado estas palabras de Jesús en el Cenáculo. En ambas ocasiones, la solemnidad y contundencia con las que fueron dichas no me deja opción a interpretarlas en sentido metafórico. Con la voz grave y el gesto serio, Cristo pronuncia estas palabras para que el oyente las interprete en su sentido estrictamente literal y al asumirlas tal y como suenan, ante mis ojos tengo un trozo de Pan que me viene ofrecido de la mano de un Hombre que me asegura que este Pan es su Carne y que este Vino es su Sangre. Pero para que este Hombre, ni se engañe ni me engañe, ha debido ocurrir algo extraordinario que no he detectado con mis sentidos. Se ha producido un hecho misterioso que se define como Transubstanciación, en virtud del cual el pan y el vino, que como tales reconozco con mis sentidos, se han transformado, de manera irreversible, en la real y verdadera Persona de Cristo, es decir, veo, palpo y gusto al Hijo de Dios oculto bajo las especies de pan y vino. Tiene que ser verdad que este Hombre es el Pan que me ofrece, la Sangre que me ofrece, solo así puedo entender lo que hasta ahora no había entendido: que yo me lo pueda comer y beber en el modo y forma con la que se hace posible según mi naturaleza humana.
    ”…dime de qué modo te he de comer y beber porque estoy determinado a comerte y beberte aunque no conciba de qué forma lo he de hacer”. A este requerimiento del que pretende consumar el acto de comer a su Interlocutor, sin saber como será posible, manteniendo la compostura intelectual en virtud del ilimitado crédito que me da la Persona de quien me está ofreciendo comer su Carne y su Sangre, quedo a la espera, sin más elucubraciones, de que mi Autobiografiado, el mismo Cristo, dé el siguiente paso. Todas mis facultades están al limite de sus posibilidades y con suprema atención observo al Hombre, que en tantas ocasiones ha suspendido las leyes de la naturaleza, que fija sus bellísimos ojos en los míos, que toma un trozo de pan, que alarga su mano y me lo ofrece pronunciando estas palabras: ”…toma y come, porque este es mi Cuerpo”.
    Evidentemente, yo no esperaba que este Hombre se desprendiera a jirones de su carne humana para dármela a comer o se abriera las venas para darme a beber su sangre. He tomado el trozo de Pan que el Señor me ha dado, miro al Pan y lo miro a El que me está confirmando que le tengo en mis manos. Mis sentidos no me han detectado nada extraordinario y sin embargo se ha consumado un hecho sobrenatural sin precedentes, en virtud del cual la Persona que me da el Pan y el Pan mismo son la misma cosa. Y esto es así porque así me lo asegura el Hombre en quien es imposible que haya engaño y que me engañe, el Hombre a quien las potencias de mi alma le dan más crédito que a la meridiana evidencia de mis sentidos, porque para mí este Hombre es mi único Dios, el Ser Fontal por el que he venido ser en este mundo en el que vivo, me muevo y existo. Esta es mi Fe, la Fe de la Iglesia Católica.

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    00 3/17/2006 7:23 PM
    Pregador do Papa: Mandamentos não são limites, mas chaves para ser feliz

    Padre Cantalamessa comenta o Evangelho do próximo domingo

    ROMA, quinta-feira, 16 de março de 2006 (ZENIT.org).- Publicamos o comentário das leituras da liturgia eucarística do próximo domingo (III de Quaresma) do padre Raniero Cantalamessa OFM Cap --pregador da Casa Pontifícia--, que tem como encargo iniciar na sexta-feira sua série de pregações ao Papa e a seus colaboradores da Cúria Romana com ocasião deste tempo litúrgico.




    * * *





    III Domingo de Quaresma B


    (Êxodo 20, 1-17; 1 Corintios 1, 22-25; João 2, 13-25).


    Os dez mandamentos




    O Evangelho do terceiro domingo da Quaresma tem como tema o templo.
    Jesus purifica o antigo templo, expulsando do mesmo, com o chicote de cordas, vendedores e mercadorias, então apresenta a si mesmo como o novo templo de Deus que os homens destruirão, mas que Deus fará ressurgir em três dias.

    Mas desta vez desejaria deter-me na primeira leitura, porque contém um texto importante: o decálogo, os dez mandamentos de Deus. O homem moderno não compreende os mandamentos; toma-os por proibições arbitrárias de Deus, por limites postos a sua liberdade. Mas os mandamentos de Deus são uma manifestação de seu amor e de sua solicitude paterna pelo homem. «Cuida de praticar do que te fará feliz» (Dt 6, 3; 30, 15s): este, e não outro, é o objetivo dos mandamentos.

    Em alguns passos perigosos do caminho que leva ao Sinai, onde os dez mandamentos foram dados por Deus, para evitar que algum distraído ou inexperiente saia do caminho e se precipite ao vazio, colocaram-se sinais de perigo, alertas, ou se criaram barreiras. O objetivo dos mandamentos não é diferente disso. Nós mesmos vemos o que passa na sociedade quando se pisoteiam sistematicamente certos mandamentos, como o de não matar ou não roubar...

    Jesus resumiu todos os mandamentos, e mais, toda a Bíblia, em um único mandamento, o do amor a Deus e ao próximo. «Destes dois mandamentos pendem toda a Lei e os Profetas» (Mt 22, 40). Tinha razão Santo Agostinho ao dizer: «Ama e faz o que quer». Por que, se ama de verdade, tudo o que fizer será para o bem. Inclusive se rejeita e corrige, será por amor, pelo bem de outro.

    Mas os dez mandamentos há que observá-los em conjunto; não se podem observar cinco e violar os outros cinco, ou inclusive um só deles. Certos homens da máfia honram escrupulosamente seu pai e sua mãe; mas se permitiriam «desejar a mulher do próximo», e se um filho seu blasfema, reprovam-no asperamente, mas não matar, não mentir, não cobiçar os bens alheios são tema à parte. Deveríamos examinar nossa vida para ver se também nós fazemos algo parecido, isto é, se observamos escrupulosamente alguns mandamentos e transgredimos alegremente outros, ainda que não sejam os mesmos dos mafiosos.

    Desejaria chamar a atenção em particular sobre um dos mandamentos que, em alguns ambientes, transgride-se com maior freqüência: «Não tomarás o nome de Deus em vão». «Em vão» significa sem respeito, ou pior, com desprezo, com ira, em resumo, blasfemando. Em certas regiões, há pessoas que usam a blasfêmia como uma espécie de intercalação em suas conversas, sem ter em absoluto em conta os sentimentos de quem escuta. Também muitos jovens, especialmente se estão em companhia, blasfemam repetidamente com a evidente convicção de impressionar assim as moças presentes. Emprega-se muita diligência para convencer um ser querido de que deixe de fumar, dizendo que prejudica a saúde; por que não fazer o mesmo para convencê-lo de que deixe de blasfemar?
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    00 3/22/2006 3:23 AM


    Jesus no Templo de Jerusalém
    Cônego Celso Pedro da Silva

    Deus fez aliança com Noé, fez aliança com Abraão, e lemos hoje, no livro do Êxodo, que Deus sela a sua aliança com Moisés. Na "Aliança do Sinai", Deus dá as Dez Palavras ou os Dez Mandamentos. Essa passagem introduz o chamado "Código da Aliança".

    Os mandamentos do Sinai são palavras de sabedoria, que norteiam a vida de quem quiser ouvi-las: Adorar somente o Deus verdadeiro e honrá-lo, e não prejudicar a ninguém de forma consciente. Sabemos, pelo Evangelho de Mateus, que Jesus levou estes mandamentos às suas últimas conseqüências. Não matar, por exemplo, não é só não tirar a vida física de alguém. A cólera e as ofensas por palavras incluem-se neste mandamento.


    Na atual Campanha da Fraternidade, a orientação dos mandamentos nos leva a jamais ofender uma pessoa com alguma deficiência por causa da sua condição física. Isto seria o cúmulo da falta de caridade. A Palavra de Deus, que assim nos ensina, é perfeita e nos dá força para realizá-la, cantamos no Salmo Responsorial.
    São Paulo nos coloca no coração do tema da Campanha da Fraternidade, quando escreve: "O que é dito insensatez de Deus é mais sábio do que os homens, e o que é dito fraqueza de Deus é mais forte do que os homens". Entendemos, como o próprio São Paulo explica mais adiante, que "Deus escolheu os fracos do mundo para humilhar os fortes, que Deus escolheu os insignificantes e desprezados do mundo, os que nada são, para anular os que são alguma coisa" (1Cor 1,27-28). Em outras palavras, o que consideramos "deficiente" pode ser considerado "eficiente" por Deus. Quando a Quaresma nos pede conversão da mente, é porque sabe que é a partir da visão que temos das pessoas que as tratamos de uma forma ou de outra.


    Ao purificar o Templo de Jerusalém, Jesus acena para a sua ressurreição. A ressurreição confirma que o verdadeiro Templo de Deus é o Corpo do Messias ressuscitado. Se o Templo de Jerusalém não devia ser transformado em casa de comércio ou antro de ladrões, o que pensar do novo Templo formado pelo Corpo Místico de Jesus Cristo, no qual ele é a cabeça e todos nós somos os membros? Imagine um membro do Corpo de Cristo transformado em objeto de comércio!


    Ao pôr ordem na Casa de Deus, preparando a compreensão de que ele é a verdadeira Casa de Deus, Jesus trata com rigor os mais "eficientes", os que vendiam ovelhas e bois e os cambistas que movimentavam dinheiro. Derruba suas mesas e espalha as moedas. Trata, porém, com mais suavidade os que se encostaram à sombra dos grandes para também lucrar alguma coisa. Aos que vendiam pombas, Jesus diz: "Tirem isso daqui e não façam da casa de meu Pai uma casa de comércio". Não derrube as suas "cadeiras", segundo os sinóticos. Cadeira podia ser o abrigo das pombas.


    Jesus trata com firmeza e com delicadeza os que podiam menos, certamente porque faziam parte dos que São Paulo chama de "insignificantes" deste mundo.

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